Majadahonda s. XX: El “Tío Tejero” y la infidelidad de su mujer pillada “in fraganti”

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Crescencio Bustillo (segundo por la izquierda)

CRESCENCIO BUSTILLO. Otro de los hombres celebres en Majadahonda que yo he conocido era el “Tío Tejero”, un hombre muy chistoso, que te estaba contando cuentos una semana sin parar y no se le acababa el repertorio. Tenía además una imaginación muy fértil y de cualquier situación que hubiere presenciado creaba una historieta. Imitaba a los personajes con ademanes y frases –a los protagonistas de tales situaciones– que parecía realmente verdad. Pero, eso sí, siempre adornadas con la picaresca humorística de su cosecha particular. Cuando yo le recuerdo tenía más o menos sus 50 años, era de talla media, más bien bajo, ni gordo ni flaco. Como dato significativo tenía un dedo tieso, el índice de la mano derecha, proveniente de un accidente laboral. Y como dato adicional diremos que le gustaba bastante el vino pero nunca se le veía borracho del todo. Acudía con frecuencia a las tabernas, jugando alguna vez a las cartas, pero no era este su fuerte.

Más le gustaba la caza y eso que no le gustaba llevar escopeta porque era muy mal tirador. En cambio, no había mejor perrero en el pueblo. Todos los perros le conocían y se iban con él, abandonando muchas veces a sus dueños por irse con el “Tío Tejero”. Y es que tenía tal habilidad en alegrar y enseñar a los perros que para la cacería del conejo se lo disputaban los cazadores para que los acompañara. Por otra parte, como era tan dicharachero que se reía de su sombra, todos querían ir con él por lo bien y distraído que lo pasaban.

Contaban del caso tan celebre que le pasó a este hombre, que demuestra la sangre fría que tuvo para no cometer un disparate. Como digo, este hombre, aunque no tuviera mucha cultura por no haber leído apenas, sí que había frecuentado y vivido en los barrios más populares y del bajo fondo de Madrid. Por eso, en materia picaresca se las sabia todas, desde las palabras más chulescas hasta las costumbres de estas gentes. Por tanto, tenía una filosofía propia que parecía ser cultura entre los demás.

Plaza de Lavapiés (Madrid), principios de s. XX

Se casó parece ser con una mujer, hija de este propio ambiente, que le resultó desleal, como más adelante veremos. Este hombre también tenía un huerto muy bueno, situado en buen sitio, con aguas abundantes que le tenían ocupado una buena parte del año y del que sacaba bastantes beneficios, pues era de lo que principalmente vivía. En aquellos tiempos solían ir a buscar plantones de tomates, pimientos, berenjenas, etc. a los pueblos distantes del límite sur de la provincia de Madrid, rayando con la de Toledo. Esto se hacía por adelantar el cultivo de estas hortalizas veinte o treinta días antes que las que salían semilladas en el pueblo, de la misma forma que al recoger los frutos estos se cotizaban mejor por ser más tempranos.

El viaje lo hacían en el mismo día a lomo de una caballería (mi padre lo hacía todos los años para el huerto nuestro). Para ello tenían que madrugar bastante al objeto de adelantar la mañana y así darles tiempo a poder volver a casa en el mismo día. Se hacían estos viajes al principio de primavera que los días eran ya bastante largos. El “Tío Tejero” tuvo buen cuidado de avisar a su mujer para que le preparara las viandas para el camino, no ocultando a nadie el propósito que tenía de hacer aquel viaje al día siguiente. Llegada la hora se levantó, preparó la bestia, se despidió de la mujer y los hijos, que tenían tres que eran pequeños, y emprendió la marcha.

Cuando le pareció pasadas unas dos horas, volvió grupas y regresó a su casa con el pretexto de que se le había olvidado algo. Llamó a la puerta y antes de que la abriera la mujer ya sintió el revuelo que se formó dentro, la torpeza y desconcierto en su mujer hasta que abrió la puerta. En fin, que los cogió in fraganti a su mujer y al amante, un tal Vicente, muy guapetón y que hacía de guarda de consumos en el pueblo. Al abrirle, se puso en la puerta y le dijo al Vicente: ”Sal, antes de que me arrepienta, pues tú no tienes la culpa, has buscado y has encontrado, has hecho bien, pero hazlo pronto, no sea que se me acabe la serenidad y entonces no respondo…”.

El Vicente salió con más miedo que vergüenza, apretando el paso y sin volver la cabeza atrás, pues en realidad no acababa de creer lo bien librado que había salido de aquella aventura. En cuanto a la mujer, no paró de sollozar el resto de la noche o madrugada, que le quedó de estar en aquella casa, buscando excusas y perdones para ver si ablandaba la actitud del marido burlado (aunque decían que no estaban casados legalmente). Le recordaba los hijos pero le tenía miedo y lo que en verdad se creía era que la iba a matar por los motivos que le había dado. El “Tío Tejero” no la tocó un pelo de la ropa, para que no pudiera después denunciarlo como que la había maltratado.

Con su santa paciencia le hizo recoger las cosas íntimas de ella y amenazándola con la navaja la sacó de su casa, toda la calle principal arriba, a la hora que todas las mujeres van a la compra y los hombres aún no se habían marchado al trabajo.  El cuadro que representaban no podía ser más original: la empujaba con la punta de la navaja por detrás, dispuesto a clavársela a la menor desobediencia. Y con voz potente, para que se enterara todo el mundo, iba exclamando: “¡Ahí la tenéis!, ¡La mando fuera con su madre!,”¡Por puta y gamberra!”, “¡Con billete de ida, para que no vuelvas!”. Y así la paseo por todo el centro del pueblo y nadie se atrevió a decirle el porqué de aquella escena.

Le acompañó a la estación del ferrocarril, le sacó un billete de ida y nunca se supo de aquella mujer, que se le ocurriera de acercarse más por el pueblo. Los hijos se los repartieron, la hija mayor le pertenecía a la madre así como el hijo pequeño, porque era de pecho. Él se quedó con el de en medio llamado Felipe, se arrimó con su hermana que se había quedado viuda y así sacó a su hijo adelante hasta que este se hizo hombre, se casó y vivió siempre con él. Aquello fue largamente comentado, él pareció como si en realidad no le hubiera afectado, siguió gastando bromas, pues en realidad tenía una “correa” que no había quien le hiciera “cabrear”. Pero que a nadie se le ocurriera mentarle aquel suceso porque se descomponía y era capaz de pegar un navajo al que osara recordárselo.

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