Cavar tu propia tumba en Majadahonda

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868SANTI CARRIEDO. “Los lunes al blog” es el canal por el que Santi Carriedo, periodista, de 43 años se define así: “Tengo mujer y dos hijos –de siete y nueve-, hipoteca en La Caixa y carné de socio del Atlético de Madrid. Estoy parado. Después de dos décadas dando lo mejor de mí en esta profesión, si hemos de hacer caso a las frías estadísticas, hoy poseo el número 6.202.700 de los desempleados españoles. Aunque en numerosas redacciones me vean como un ‘caminante’ más de los que pululan agilipollados por ‘The Walking Dead’, todavía me queda mucho que contar. Por eso os invito a leerme. Gracias por estar ahí”. Le dedica este artículo a un suceso ocurrido en Majadahonda:

“¿Cuánto tarda en morir un ‘paleta’ tras el desprendimiento de tierras de una obra ‘insegura’ y qué coño pasa por su cabeza en el tiempo que transcurre hasta que queda, mortalmente, sepultado? ¿Os lo habéis preguntado alguna vez? ¿No? ¿En serio que no? Pues, amiguetes, siento joderos este lunes lunero pero creo que ya va siendo hora de que os preguntéis algo así. Porque este país, en materia laboral, sigue tan atrasado y trasnochado como el primer capítulo de ‘Cuéntame’.

Os cuento. Ocurrió hace unos días, en las obras de una urbanización megapija de la mismísima Majadahonda. El siniestro ocurrió a las 12:30 horas en la calle Bodas de Fígaro de la flamante ciudad dormitorio, cuando un trabajador de 46 años y nacionalidad marroquí que prestaba sus servicios en la empresa Luarmonar, subcontratada por Asentis, quedó enterrado vivo tras un desprendimiento de tierras, mientras estaba cavando una zanja, de unos 70 centímetros, para la zapata de un edificio en construcción y junto a un elevado desnivel de tierra que, según CCOO y UGT, “carecía de la preceptiva inclinación y las medidas de aseguramiento” para impedir el corrimiento de terrenos causante del accidente mortal. O sea. Tres segundos. Eso es lo que tarda en morir un ‘paleta’ tras el desprendimiento de tierras de una obra ‘insegura’. Tres jodidos segundos. Uno. Dos. Y tres. ¡Ya está! Ahí te quedas. Con los ojos llenos de tierra y el terror más absoluto clavado en la mirada. Y esto es lo que pasa por su cabeza, en riguroso orden de pensamiento, durante esos tres segundos de puro miedo y sorda resignación:

Primero. El confortable recuerdo del olor de su mujer y de sus cinco hijos que llenaba la casa al despertar aquella mañana a las cinco de la madrugada para dirigirse al tajo, aunque todos ellos solamente le mirasen desde una foto.
Segundo. La endurecida mirada de Alá, que, aunque dicen que es grande y misericordioso, sigue sin entender que alguno de sus fieles pueda perder la vida de un modo tan inhumano y a tantos kilómetros de distancia de los suyos.
Tercero. La sonrisa de superioridad de su jefe de obra cuando, con un Malrboro recién encendido en la boca, le ordenaba a primera hora de la mañana, aun sin saberlo, ‘cavar su propia tumba’.
Cuarto. El ambiente festivo de la última junta de los accionistas del Grupo Asentis, empresa gestora de cooperativas, promoción y asesoramiento en el ámbito inmobiliario, urbanístico y constructivo, con más de 30 años de experiencia en el sector.
Quinto. El día que tuvo que abandonar su país de origen, a bordo de una maldita patera que hacía aguas por todas partes, para pisar el suelo de lo que, en un eufemismo de lo más gracioso, algunos llaman Primer Mundo.
Sexto. En los miembros de los sindicatos que denuncian determinadas obras por escasez de medidas justo cuando los obreros han muerto. Cuatro trabajadores perdieron la vida en enero en la Comunidad de Madrid y dos, como mínimo, fallecieron en febrero en la región. Que sean esos mismos sindicalistas quienes, tras el pésame de rigor, hablen a sus viudas del ‘pinchazo de la burbuja inmobiliaria’.
Séptimo. En la inmensa alegría que se llevó el día que encontró trabajo.
Octavo. En las felices parejas con hijos que ocuparán algún día esa urbanización, y se amarán sobre lo que se convirtió en su tumba.
Noveno. En Mohamed VI, Mariano Rajoy, Angela Merkel y la madre que los parió a todos por convertir este mundo en un cementerio sin flores.
Y décimo. En los días que faltaban para que llegase su ansiada semana de vacaciones de verano y regresase con los suyos a Marrakech”.

Fuente:

Santi Carriedo

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