Don Lorenzo “Tío Pichón”: el mujeriego “Robin Hood” de Majadahonda que combatió en Filipinas

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Soldados españoles en la guerra de Filipinas

CRESCENCIO BUSTILLO. Otro personaje celebre era sin duda el “Tío Bichejo”, de nombre Lorenzo, también le llamaban el “Pichón”. Era de la familia de los “Cabezotas”. Este hombre era muy presumido, lo mismo si tenía dinero como si tenía los bolsillos vacíos, cosa esta muy frecuente. Estaba casado con una buena y santa mujer, que no solo le perdonaba sus correrías, sino que no consentía que nadie hablara mal de su Lorenzo. Y eso que la hacía pasar muchas veces hambre. Celos no debía de sentir porque si no se hubiera muerto de ellos constantemente. Parece ser que ella tenía una pequeña pensión que él se la respetaba mientras no andaba escaso de dinero. Pero cuando le faltaba se lo sacaba con la mayor facilidad y ella se quedaba tan contenta. Ahora bien, si lograba dinero él, antes de que fuera a derrocharlo, la compraba los mejores regalos, los más ricos manjares y la mimaba como a una reina ese día, recobrando y gozando por todos los sufrimientos anteriores.

Como dije anteriormente, el “Tío Pichón” de Majadahonda era un hombre presumido y de buen tipo (lo conservó hasta los ochenta años). Siempre llevaba un sombrero a lo gran señor, un pañuelo blanco de crespón al cuello y un bastón que manejaba con singular elegancia. Frecuentaba varios círculos de Madrid, donde tenía bastante fama cuando tenía dinero para alternar, en los que le conocían por D. Lorenzo. Le gustaba cuando podía vivir a lo grande, se fumaba cada habano que quitaba el sentido, libaba los mejores licores y en cuanto a mujeres, si había una buena hembra por conquistar, por falta de palabras bonitas no se quedaba. Por tanto no era difícil verle emparejado con una buena “gachí” cuando las circunstancias se la permitían.

Había estado de voluntario en la guerra de Filipinas y relataba que lo hizo en una noche desafortunada en el Casino, ya que le gustaba bastante el juego. Se enroló en los tercios voluntarios para luchar allí y se fue de aventurero por aquellas latitudes. Contaba hazañas y hechos espeluznantes de su estancia en aquellos “pagos” y que había vuelto a España más pobre que una rata, pues fue hecho prisionero, pero con un caudal de experiencias y sabiduría que le transformó en un hombre de mundo que conocía lo bueno y lo malo de la vida.

Una bóbila en costrucción

Por este motivo siempre estaba negociando. Como tenía tan buena dialéctica, el que no le conocía quedaba prendado de lo bien que pintaba los negocios que proponía, hasta que les sacaba el dinero y se empezaban a escamar. Pero cuando querían volverse atrás en la empresa, como los había agarrado con contrato, los amenazaba con llevarlos al juzgado. Y ante esta opción tenían que indemnizarle si no querían verse envueltos en el escándalo. Cayeron muchos, lo mismo ricachos del pueblo que de todo el contorno, pero como Madrid era y es tan grande, siempre había uno u otro que picara. Hablando con él tenía hasta cierto punto razón, no engañaba nada más que a la gente de dinero. Jamás dejó por pagar un jornal a los hombres que hubiera contratado y eso que lo hacía con frecuencia para ayudarle a trabajar en una bóbila que alquilaba al lado de la laguna. Como él decía: ”si alguno de estos quiere meterse en mis negocios, le planto en la calle, porque para comerme la mejor “tajada” me la como yo, que la he tenido que elaborar”.

Crescencio Bustillo de plática con su sobrino Angel Bustillo Ugena.

En el pueblo este hombre tenía sus partidarios y sus detractores. De estos últimos muchos lo hacían por envidia. Si andaba sin dinero le censuraban, pero si vivía bien lo censuraban doblemente, diciendo que era un fanfarrón, estafador, etc. Esto último nadie se lo pudo probar, porque las veces que fue a juicio siempre le tocó ganar. Últimamente ya no gastaba el dinero tan alegremente pero su porte y gallardía no decayó, siguió “marcando” su figura hasta su final. Particularmente, a mí el “Tío Pichón” me quería y me apreciaba mucho, donde me veía me llamaba gastándome chirigotas. Siempre me dio buenos consejos, algunos que me han servido de norma en la forma de proceder en la vida.

Entre sus máximas había una que decía que “era más difícil gastar el dinero que ganarlo”. Se refería a saberlo gastar bien y con provecho, que hay muy pocos que sepan hacerlo. Nunca quiso jugar en contra mía en el sitio que teníamos por costumbre reunirnos a jugar la partida de cartas. Si era de compañeros, sí me buscaba a voces. Y cuando se comprometía en alguna partida, como la mayoría de las veces ganábamos, daba cada coba que no había quien le aguantara. Si perdía o perdíamos, el silencio más absoluto reinaba a nuestro lado.

Escuela de Santa Rita (Carabanchel) convertida en prisión tras la guerra civil del siglo XX

Le dejé en la prisión de Santa Rita de Carabanchel, una vez terminada la guerra, pues el azar nos juntó allí. Marchaba bien dentro de lo que es la vida del recluso, me dijo que se le había muerto la mujer, pero tenía una de las antiguas queridas que le llevaba comida en abundancia, cosa que en aquellos tiempos iba tan escasa. A mí me trasladaron a otra prisión y no sé cómo acabaría sus días, pues era ya muy viejo por los años cuarenta, cuando sucedió esto, si bien conservaba su arrogancia.

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