La interesante vida de Mayte Spínola (El Plantío), emprendedora, mecenas y Master de Oro de Empresas (I)

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Mayte Spínola, residente en El Plantío

JULIA SÁEZ-ANGULO. Como emprendedora y empresaria Mayte Spínola (Madrid, 1943), residente entre El Plantío y Mallorca, mereció el Master de Oro del Real Forum de Alta Dirección 2017, presidida por Don Pedro de Calabria. Para hablar de su trayectoria en este campo le hemos entrevistado en su reciente casa en “Sol de Mallorca“. Y estas son sus primeras palabras, de una serie que tiene 5 capítulos: “Creo que el empresario nace y luego se va haciendo por el camino de la vida. Los estudios son importantísimos, pero no imprescindibles. En mi caso no tengo estudios superiores, yo aprendí de los grandes empresarios que me rodeaban: mi marido y mis cuñados, así como otros empresarios de primera fila españoles, europeos y americanos que he conocido y que nombro en otros capítulos de este relato. No hace falta repetirlos, Me fijaba en ellos y aprendía; muchas veces seguí sus consejos, pues creo que un consejo vale mucho más que cualquier tesoro que se pueda encontrar”.

Julia Sáenz-Angulo

Y añade: “Desde muy pequeña, tenía yo 7 años, cuando apareció mi rama comercial. Mi ama vallisoletana, Consuelo Manzanas, me ayudaba a cortar los girasoles que delimitaban el camino de una de las fincas de viñedo de mi padre, El Quejigal, en Extremadura; después desgranábamos los girasoles, los tostábamos y yo los vendía a los gañanes y vendimiadores de mi padre. Ese trabajo me producía una gran satisfacción y me tenía entretenida. Con ayuda de mi otra ama, la extremeña Francisca, “Quica” la llamábamos, que hoy está enterrada en el panteón familiar, repartía las ganancias a la Cofradía de San Vicente, muy necesitada en aquellos momentos, y así tenia la satisfacción en ganarlo y en darlo. Mis ingresos, esos mínimos fondos, también procedían de los bruños, ciruelas cogidas de igual modo, repartidas y vendidas, obteniendo el dinero del mismo modo”.

A continuación recuerda que “al mismo tiempo que el empresario se hace también por genética y no se le da importancia, se debe fomentar la generosidad, que es parte importante de la vida, y que puede hacerse de mil maneras, la más importante la de nuestro tiempo, nuestro cariño y nuestro amor. Después vienen nuestros conocimientos, nuestros consejos y, por último, los bienes materiales que podamos tener. Quien sepa compartir en la vida, conoce la sabiduría. Ha sido mi lema de vida y en estos momentos no me arrepiento, sino, al revés, procuro en mi medida incrementarlo. Siempre revierte. Para dar es indudable que hay que tener y para tener, hay que trabajar. He sido trabajadora nata toda mi vida, primero porque me gusta y me siento útil; segundo, porque no concibo vivir sin hacerlo. En estos momentos me estimula a seguir viviendo; no aconsejo a nadie la jubilación total. Cuando llega esa edad de jubilarse, tan deseada para muchos, hay que buscarse otras alternativas o refugios espirituales, como puede ser cualquier faceta del arte o trabajar en una ONG... todo al ritmo que cada uno pueda, deba o quiera”.

Y concluye: “Cuando en 1963 me casé con Graciliano Barreiros, consejero delegado de Barreiros Diesel, yo cumplía 20 años. Él tenía todo hecho y yo llegaba a su vida como una ráfaga de alegría y de juventud. Era casi una niña. Mi vida era muy fácil, tenía a mi disposición varias personas de servicio: doncella, cocinera, chófer… todo llevado desde la oficina de mi marido y yo era la invitada de honor en mi casa. No manejaba dinero, mis facturas eran enviadas a Beatriz, la secretaria de mi marido, que pagaba todo sin ningún reparo. Aun así, siempre fui austera. Gastar por gastar nunca me ha gustado. Cuando era soltera me pasaba lo mismo, yo no tenía un sueldo alguno de mi padre, él pagaba todos mis gastos. Nunca manejé dinero, solamente cuando estuve en los colegios del extranjero, en Francia e Inglaterra y, aún allí, yo me contenía, cuando se acababa el dinero que me daba, yo sentía pudor de pedir y aguantaba. Entre Marta Cotoner, mi gran amiga, y yo, hacíamos una hucha común y sobrevivíamos hasta final del curso”. Próximo capítulo: “Mi primera exposición de pintura, Sempere e Yturralde”.

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