Una visita a la oficina del paro

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Manel Barriere Figueroa
Manel Barriere Figueroa

MANEL BARRIERE. Hace ya un tiempo me tocaba visitar la oficina del paro de vez en cuando. Una de esas veces me citaron, a través de un mensaje de texto al móvil, para una sesión de orientación laboral, recordándome mis obligaciones como preceptor de una prestación por desempleo, que, dicho sea de paso, dejé de cobrar poco tiempo después. Fue una reunión triste, compartida por un grupo de personas, la mayoría mujeres, que dejamos nuestra rutina cotidiana y nuestras responsabilidades en manos de otros -en mi caso, mi compañera se encargó de llevar a nuestro hijo a la guardería-, para que una trabajadora de la Oficina de Empleo nos diera a rellenar un formulario, nos confesara que no se iba a cumplir nada de lo especificado en dicho formulario a causa de la falta de recursos, y contara los planes de reestructuración del servicio estatal de empleo, que consistían, básicamente, en despedir a unos cuantos trabajadores y trabajadoras.

En la oficina de Argüelles, donde tenía lugar la reunión, habrá cinco despidos después del verano, nos contaron, para que las agencias privadas de colocación se hagan cargo de la labor que hasta ahora debía realizar el servicio estatal. Me despiden, dijo la chica, para que me contraten en la privada para hacer lo mismo por menos sueldo y peor horario. Las empresas privadas de colocación, apuntilló, aún no colocan a nadie, porque no cobran por ello. Cuando cobren por cada parado colocado, tal vez empiecen a moverse. Rellenamos el documento, donde se nos prometían “servicios fantasma” de formación, de asesoramiento y de seguimiento personalizado, lo entregamos y nos fuimos, uno a uno, agradeciendo la sinceridad, ya que otra cosa no habíamos recibido.

Leyendo otra vez los párrafos de arriba, me he dado cuenta de que he escrito una frase larguísima. Sin duda la frase más larga que he escrito nunca, que va desde “Fue una reunión triste…” hasta “…despedir a unos cuantos trabajadores y trabajadoras.” No sé si pasaría intacta por las manos de un corrector de estilo. Creo que el español permite esta posibilidad más que otras lenguas, o al menos más que el catalán, mi lengua materna. En todo caso, necesitaba encerrar esa experiencia en una sola unidad de significado, como si quisiera limitarla a un todo concreto y localizado. La evidencia particular de un estado general reflejado en este pequeño episodio personal, vivido dentro de una escasa habitación. Como la prueba de un crimen, protegida de la contaminación exterior por esas pequeñas bolsas de plástico que vemos en las películas.

Ojalá pudiéramos cerrar en bolsas todas las pequeñas experiencias cotidianas que viven hoy en día en este país la clase trabajadora. Los abusos y las humillaciones, las dificultades, las puertas que se cierran, los caminos que se desvanecen, las angustias compartidas o sufridas en silencio. Pondríamos sobre la mesa, en un desorden revelador, miles y miles de pruebas acusatorias. Porque no es el viento ni la tierra, ni el frío ni la tempestad. Es un crimen perpetrado por culpables con nombres y apellidos. No me gusta esta palabra, culpables. La culpa implica la posibilidad de expiación y arrepentimiento, lo cual excluye la obligación moral de asumir responsabilidades. Pero si hablamos de responsabilidad, en lugar de culpa, o de culpable, no podemos pasar por alto el papel que las víctimas hemos jugado en todo esto. Porque la responsabilidad no es sólo de quien aprieta el gatillo. La compartimos quienes llevamos años bajando los brazos, pensando que todo puede empeorar más y que mejor no hacer demasiado ruido, no vaya a ser que perdamos lo poco que tenemos.

Ahora, nos dicen, las cosas han cambiado. El paro disminuye ligeramente. Luis de Guindos termina el año asegurando que dejaremos atrás la crisis en 2015, y que se crearán, gracias a la política económica del gobierno, 800.000 nuevos puestos de trabajo. El gobierno se jacta de esa vergonzosa fotografía de Rajoy delante de una oficina del INEM, que no pisaría más que para pedir el voto a quienes hacían cola. Son cantos de sirena de quienes ven como las encuestas de intención de voto contradicen aquello que les dicta su propia lógica. Si hemos salvado España de la crisis, piensan tal vez, deberían votarnos aún más en las próximas elecciones. No es así. España sigue siendo una balsa a la deriva. Quienes aún nos aferramos al mástil hemos visto como miles de jóvenes han tenido que emigrar para buscarse la vida, hemos visto como se destruyen puestos de trabajo, como aumenta la precariedad laboral, la temporalidad, como baja el poder adquisitivo de los salarios mientras aumenta el número de millonarios. Hemos visto como se deteriora la sanidad, la educación, la cultura. Pequeñas vivencias cotidianas, las pruebas de este crimen aún sin castigo.

Y lo será, un crimen sin castigo, un crimen social al menos, una estafa, mientras los culpables sigan al mando, sigan acaparando la responsabilidad de tomar las decisiones que afectan a nuestras vidas, una responsabilidad que les hemos entregado y que no están dispuestos a devolver, simple y llanamente porque es lo que les ha permitido enriquecerse a nuestra costa, construyendo un mundo a su imagen y semejanza. Responsabilidad acaparada, expropiada, pero nuestra también, muy nuestra. Recuperar el uso de esta responsabilidad puede ser un trabajo arduo, una montaña escarpada de la que no vemos la cima. Sólo una cosa es cierta. El camino empieza por no bajar los brazos y ponerse a andar.

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