Darío Bustillo: “Mi bisabuelo de Majadahonda Atanasio Millán “El Peritela” y los celos de Manuela Labrandero”

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El bisnieto del “Peritela”, Darío Bustillo, de niño

DARÍO BUSTILLO. Quería contar la historia de mi bisabuelo, Atanasio Millán “El Peritela”, que vivió en Majadahonda en la segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, y aun siendo antepasado mío, realmente no puedo sentirme demasiado orgulloso de él por la peculiaridad de su leyenda, un tanto violenta. Así narraba mi padre, Crescencio Bustillo, su historia familiar en la segunda parte de sus Memorias (cuya aparición tendrá lugar en breve en MJD Magazin) dentro de los capítulos dedicados a la familia: EL PERITELA (por Crescencio Bustillo): “Explicar la historia de mi abuelo, Atanasio Millán alias “El Peritela”, sí que lo merece, porque guarda una larga y extensa leyenda. Contaban de él que era bajito pero muy arrogante, egocéntrico, soberbio, dictador, camorrista y vengativo, que no olvidaba una ofensa por muchos años que pasaran… Parece ser que en sus años mozos estuvo locamente enamorado de una tal Manuela Labrandero, proveniente de las familias más ricas del pueblo, hasta el punto que estaban comprometidos en matrimonio.

Darío Bustillo

En esto que se celebró otra boda a la que fueron invitados, así como muchas personas más, tanto del pueblo, como de otros pueblos vecinos. Con la alegría del baile de la boda, la tal Manuela empezó a coquetear con un forastero de Villanueva de la Cañada; de buena presencia él, guapetón, que la hizo cambiar de opinión con respecto a mi abuelo, que era chiquitajo y cascarrabias. Mi abuelo la llamó la atención de lo que estaba haciendo, y en lugar de atender a razones, se empezó a mofar de él, comprometiendo al forastero en la disputa, que hizo causa común con ella. Mi abuelo, corroído por los celos, esperó al forastero a la salida del baile en un sitio oscuro por donde tenía que pasar, lo abordó y le pegó tal paliza que le fracturó un brazo y varias costillas, librándose de una muerte segura, sino hubieran acudido a separarlos cuando sintieron la pelea. Con estas lesiones, lo tuvieron que llevar al otro día a su pueblo en un carro, y tardó bastante en reponerse…

Villanueva de la Cañada tras la guerra y actualmente (abajo)

Mi abuelo quiso hacer las paces con la Manuela, pero esta se negó, lo trató de criminal y se casó con el de Villanueva de la Cañada. Él la juró qué si lo hacía, la cortaría el pescuezo; y si no cumplió el juramento fue porque no tuvo ocasión propicia para hacerlo. El impedimento para realizarlo fue que ella se trasladó a vivir al pueblo de su marido, que está a unos 12 kilómetros, y no volvió en muchos años por Majadahonda. Pero quiso el destino que volviera una vez por un compromiso de asistir a unos funerales; parecía que aquel asunto ya estaba olvidado, pero el tío “Peritela” no lo olvidaba. Se fue a un estrecho del camino por donde tenía que regresar, se ocultó en el ramaje y la esperó con una hoz en la mano para ejecutar lo prometido; pero parece ser que, o se movió, o el buen caballo que llevaba le olfateó, y se resistía a pasar por allí. La Manuela se olió también la “trampa” y volviendo grupas, arrancó a correr con el caballo dando un rodeo y dejando a mi abuelo con tres “palmos de narices”.

Entre algunas cosas que contaban de él, en su despecho, llegó a irse una noche a una viña de ella o de su familia, y con la podadera cortó la cabeza a un sin fin de cepas nuevas, desgraciando la viña totalmente. No se atrevieron a denunciarle, porque sabían que se la jugaban, apechugando con todas las pérdidas que les ocasionaba hasta ver si se le iba pasando la rabieta. En el pueblo todo el mundo conocía la historia, pero nadie se atrevía a recordársela porque sabían como las gastaba. La gente procuraba no enfrentarse con él, adquiriendo la fama de camorrista, de la que no se libró hasta su muerte. Sin embargo, clandestinamente, circulaba una coplilla un poco “vulgarota” que decía: “Con el moño monario, la tía Manuela, ha dado calabazas, al “Peritela”.

Mi abuelo era el mejor podador de toda la comarca, se llevaba podando viñas un tercio del año; en el pueblo y fuera de él, los podadores llevaban colgado del cinturón el “título”, que era como una vaina o cartera, para llevar siempre consigo la piedra de afilar; pero también llevaba la pistolera como los del “Oeste”, con su correspondiente revolver bien pertrechado de munición. Una vez contaban, siendo éste ya viejo, unos mozalbetes que no conocían la “mala uva” que tenía, quisieron gastarle algunas bromas, con mejor o peor intención, pero él se lo tomó por la tremenda y la emprendió a tiros con ellos, teniendo que correr de firme para librarse de los disparos. En una libreta que tenía para apuntar sus curiosidades, encontré yo este relato y una coplilla que decía así: “Dos mozos y un brabucón, de un viejo quisieron burlarse, los olió la ropa a humo y tuvieron que escaparse”. Este era mi abuelo, que vivió amargado toda su vida por el abandono de aquella mujer, haciéndolo pagar a todos los que estaban a su lado, pues en su casa ejerció una tiranía que tuvo amedrentados a sus hijos hasta que murió.

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