Ermita de Chamorro: «Una vez arriba la vista es impresionante, (El propio Franco, véase la videoteca del No-Do, iba a la ermita cada verano para filmar el panorama). Abajo, luego del Valle de Serantes, en cuyo cementerio yace el gran autor ferrolano, Torrente Ballester, la ensenada de A Malata. Y más al fondo la Ría de Ferrol, los astilleros en el borde, y al otro lado, Barallobre, Maniños, O Seixo, Mugardos. Y más allá, todavía, la Ría de Ares. A la izquierda se adivina, el corazón un sobresalto, mi Neda natal. Todo esto al alcance de la vista».
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 4 de julio de 2026). Subiendo a Chamorro (Ferrol, A Coruña). Topónimo, y apellido, repetidos a lo largo del mundo, incluso el aguador compinche del infame Fernando VII así se llamaba, para la gente de Ferrol y comarca connota una ermita, en manos privadas, que se permitieron cierta cafrada con la imagen de la Virgen que en ella se venera, semejante a la sandez, por mucho adepto friqui que tenga, perpetrada con el “Ecce Homo” de Borja. El caso es que la pobre virgencita parece ahora un mamarracho, así que voy reproducirla en su estado actual para avergonzar a los culpables del horror. En una ermita del siglo XVI, alzada sobre otra más pequeña donde se halla la roca sobre la que se produjo la aparición mariana. Esta tuvo lugar ante los consabidos infantes, quienes contemplaron asombrados a una dama sentada en la citada roca.
Calendario: estreno contra el Villarreal el 30 de agosto, regresa el Cartagena al Cerro en septiembre y visita a la Romareda de Zaragoza en noviembre
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 1 de julio de 2026). ¿Quién dijo Miedo? Repaso el grupo y calendario del Rayo Majadahonda que nos ha correspondido en medio de un segmento ruinoso, me cuentan, en la llamada Primera REFF. Con jugadores profesionales en una categoría todavía un tanto vergonzante. Lo repaso y no veo mayor motivo para tan siquiera resquemor. Ya estuvimos, en ella, por cierto, sin mayores altibajos que el descenso, eso sí luego de que nuestro equipo abandonase el campo del Sestao, solidarios con el guardameta negro que entonces teníamos, víctima de la gamberrada (no me atrevo a llamarle cafrerío por no incurrir yo mismo en improperio racial). Que los cafres son los habitantes de una región de Sudáfrica, ni más o menos bárbaros que los aficionados al fútbol. Normalmente gente de bien excepto aquellos que sueltan en las gradas una represiòn ancestral que los lleva a insultar con denuedo a los jugadores y, aun, a los hinchas rivales. Así, qué decir de nuestros “supporters” que en cierta ocasión, dieron en agredir verbalmente a un guardavallas visitante so pretexto de que era parcial de los amores prohibidos. Digámoslo con Luis Cernuda, uranista él mismo, y nada aficionado al fútbol, que yo sepa. Al contrario que Rafael Alberti o Miguel Hernández, cantores –a su vez- de arqueros (dicen los latinoamericanos con palabra divina, me parece.).
Vicente Araguas: «intenté exhibir una novela, entendiendo esta como un cajón de sastre o redoma fantástico, de aprendiz de brujo, eso sí. Quisiera haberlo conseguido; hablen los lectores ahora, cómplices esenciales para que un libro viva y reviva en cada lectura».
PENA RECIO. (Majadahonda, 28 de junio de 2026). «Araguas Rides Again». Ahora que el sol pega de lo lindo, con crueldad definitivamente fea, y que los pajaritos del cielo caen en el asfalto con voracidad de caída a plomo, Vicente Araguas vuelve a dispensarnos una nueva entrega de su pluma pródiga. Y regresa aún reciente ese libro de poemas “No se haga daño a los cucos” (Ed. Sial/ Pigmaliòn), salto en el vacío de un hombre que vuelve a Brigitte Bardot una y otra vez, con el mítico “cada vez que me enamoro creo que es para siempre.”. Y torna al redil editor, ahora con novela, “Quisiera echarte más de menos (pero no puedo)”. Un libro leído, devorado más bien, por mí, con cierto regocijo, superadas las reservas previas ante la llamada “autoficción”, a lo que Vicente Araguas replica: «No, no se confunda. La primera persona, bien que para el caso el protagonista de mi novela, Fando, Senior Fando, se dirija a la coprotagonista, Serena, tiene mucho de traicionera. No, como digo en el prólogo, ni el autor de “El Lazarillo” es un muchacho muerto de hambre y aprendiz de picardías ni el campesino extremeño de “La familia de Pascual Duarte”, a punto de ser agarrotado, tiene que ver con Camilo José Cela, No, no confundamos términos».
“El Encanto” ahí sigue, luego de 58 años, incólume, recibiendo clientes, mujeres sobre todo, bien que yo no me lo pierda cuando se trata de agasajar a los hijos y nietos, los años, ay, qué pesadumbre (gozosa), con un pijamita, y ahí estoy, inamovible a esos recién nacidos, que buena falta hacen. Nazcan niños, sí, y crezcan como las flores de esos campos majariegos»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 22 de junio de 2026). El Encanto Majariego. Con este nombre, seguro que reiterado en el territorio nacional, y que me lleva a los aires húmedamente memorables de mi infancia de brumas y jazmines, al fondo los maizales, hay en Majadahonda una tienda de ropas y complementos para bebés y niños en general. Desde 1968, un año bien revolucionario: Nanterre, Berkeley, Roma, Berlín, Madrid, con Raimon cantando en mayo en Madrid, Facultad de Económicas, todo un hervidero, bullicio y –la juventud, ya se sabe– también jolgorio. Majadahonda era bien poca cosa, la guerra y sus secuelas quedaban cada vez más lejos, y comenzaba aquella subida de ánimos sesenteros, con una economía mejorada aunque “Vente a Alemania, Pepe” fuese más que una película epítome del landismo. Y ya florecía “El Encanto” en la Gran Vía Majariega; creo que sería un nombre más apropiado que llamarle simplemente GranVía a lo que fuera Cañada Real, eje en todo caso, o cuerda central de todos los caminos (que si no conducen a Roma hacen como que sí). “El Encanto” ahí sigue, luego de 58 años, incólume, recibiendo clientes, mujeres sobre todo, bien que yo no me lo pierda cuando se trata de agasajar a los hijos y nietos, los años, ay, qué pesadumbre (gozosa), con un pijamita, y ahí estoy, inamovible a esos recién nacidos, que buena falta hacen. Nazcan niños, sí, y crezcan como las flores de esos campos majariegos; existen todavía a pesar de la especulación (especular tiene que ver, en su etimología, con espejo, que nos estamos mirando en uno, vaya, cuando tal cosa hacemos.)
«El Rayo Majadahonda, actuante esta vez en el Club Financiero, en la calle Marqués de la Ensenada de Madrid. Una cosa muy potente»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 14 de junio de 2026). A Vista de Pájaro. Y como el Johny aquel de Dalton Trumbo, cogí mi fusil/ lapicero de plumilla avezado y me fui con Federico Martínez Utrera, generoso auriga, a escuchar, sentir, percibir las novedades del club que más nos entona a los majariegos de siempre, los que vienen y están por venir. El Rayo Majadahonda, actuante esta vez en el Club Financiero, en la calle Marqués de la Ensenada de Madrid. Una cosa muy potente, con terraza privilegiada para volcarse sobre Madrid a vista de halcón, sobre una puesta de sol espectacular, parangonable con las del Templo de Debod o la del Cerro de las Tetas, vallecano (no se las pierdan). Tan hermosa que daban ganas de aplaudir al modo ibicenco, Como apetecía aplaudir a los oradores actuantes. Y tomó la palabra Enrique Vedia Pesquera, presidente “in aeternum”. Y no me olvido, no, de quien fuera el primero, Ramiro Aguilar, a quien veo en el Cerro con cierta frecuencia y saludo con cariño admirativo. Enrique Vedia es hombre bonachón y campechano, y el tiempo ha redondeado en él un aspecto, y una palabra, como de cura de aldea de aquellos de las novelas de Pereda o Lepoldo Alas “Clarin”. Su discurso, sencillo, y cargado de anécdotas repasó un poco los años, 50º aniversario, que han traído a nuestro club a este presente gozoso. Luego el dueño del verbo fue Iñaki Acha, por quien no disimulo mi querencia. Es un hombre bueno, en el sentido machadiano del término. Y al frente de la cantera demuestra que el Rayito es mucho más que un club: es una asociación que se curte en valores humanos de los que nos hacen sentir cada vez más orgullosos del sentido de familia bien avenida que es el nuestro. En la que empieza a haber, consecuencia directa, gente joven, y no solo en la grada de animación. Y, por fin, hablaron los mexicanos.
Camino de Copygraf, Santa María de la Cabeza, comido por la curiosidad de ver a cuánto cotiza la buena de María Jesús la fotocopia (aunque solo sea una, aclaro para mal pensados y perspicaces). A 20 céntimos, me dice, con su sonrisa habitual. Y salgo de su tienda diciendo con José Maria González-Sinde: ¡Viva la clase media! Y los precios buenos para la mesocracia, y lo que quede de proletariado, igualmente. Y para encuadernaciones, la imprenta del Callejón del Gato, unos cuarenta euros el trabajo, letras en el lomo y tal. En el sitio en cuestión, el doble.
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 13 de junio de 2026). Una fotocopia, euro cincuenta. Cuando vine a vivir a Majadahonda, 1979, y me hice un poco –o bastante, y aun muy- majariego, la bromita amistosa era, “así que te vas con los millonarios”. Hoy, ya se sabe, el término este, para los favorecidos por la fortuna (económica) ha ido desapareciendo y, en todo caso, nuestra ciudad es, básicamente, clase media; Galdós, finales del XIX, ya se preguntaba que dónde estaba el pueblo si todos querían llegar a ser mesocracia. En todo caso Majadahonda ha sufrido diferentes transformaciones o metamorfosis, desde aquella guerra tan lamentable, por civil, por destructora que nos redujo al tres por ciento de lo que entonces había. Y en internet se puede encontrar la evolución demográfica desde que aquellos pioneros renacidos, casi como los del “Mayflower”, reconstruyeron, desde cero, casi, lo que es hoy una ciudad bellamente planificada. Donde tenemos de todo, excepto determinadas instalaciones deportivas; la falta de piscinas municipales clama al cielo. La cubierta del Cerro del Espino, otro cantar, cierto, y al tiempo otro lamento. Y sigo sosteniendo que una sola Biblioteca Pública es pecado mortal, que solo conseguiría absolución creando dos o tres más, y algún que otro punto de lectura.
El gesto del Papa con la V: «Su capacidad de convocatoria es tremenda. Y bien lo hemos visto en un Madrid, en estos días bastante insoportable, de gente. Que el hombre cae bien, o eso parece, a mí, lo repito, sin duda, agustiniano que siempre me sentí, luego de haber leído, muy de joven, las “Confesiones” de “El Africano”…
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 8 de junio de 2026). Luz Papal. Anda el Papa por Madrid y tal parece que, contradiciendo a Don Manuel Azaña, España no hubiese dejado de ser católica. Un país oficialmente laico ¿hace falta recordar lo que el futuro presidente de la II República quiso decir? que recibe con semejante estruendo, los medios oficiales, radio, televisión, no dejan de trompetear, la visita de –no nos engañemos- un Jefe de Estado. El único, por cierto, que ha osado plantarle cara al caradura de Trump. Un punto, muchos, mejor, en su haber. Que en materias de dogma no me meto. Ni en las afinidades futboleras del ciudadano Prevost (que no del Papa, como él mismo dijo: madridista, por cierto). Lo cual que su capacidad de convocatoria es tremenda. Y bien lo hemos visto en un Madrid, en estos días bastante insoportable, de gente, digo, o “insopapable”. Que el hombre cae bien, o eso parece, a mí, lo repito, sin duda, agustiniano que siempre me sentí, luego de haber leído, muy de joven, las “Confesiones” de “El Africano”. Y hasta le disculpo el gestito, desde el papamóvil, de mecer las manos marcando ese tan pueril 67 que prodigan mis alumnos de Primaria.
«Muchas de estas tumbas tienen cruz o símbolos religiosos, No así la de alguien que, sin más lápida que la tierra que cubre la fosa, optó por poner en la cabecera de esta con palabras bien claritas, para que no quede duda ninguna, una frase bien resolutiva: “No hay nada después de la muerte”. Y a mí, pensativo ante semejante sentencia, viendo las hierbas que crecen en la tierra que abriga la tumba, en día de calor pertinaz, como las sequías aquellas del franquismo, me queda la duda»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 5 de junio de 2026). Cementerio Civil. Lo cual que este domingo 31 de mayo, teniendo que atender deberes cívicos, precisamente, en el camposanto (decimos o decíamos los gallegos adonde van nuestros seres queridos cuando ya no hay más sino el recuerdo que –tal vez– los reviva) de la Almudena, opté por volver, como suelo, al Cementerio Civil. Ese paseíto por –cierta– Historia de España. Discutible, como todas las historias (algunas, ya se sabe, para no dormir), la nuestra, por ello, precisamente, por serlo, digna de ser entrañada, creo. Y me adentro, mañana de calor polvoriento en la Avenida Daroca, no tan lejos esos campos que ya empiezan a agostarse tan pronto este año, que recorro desde la estación de metro “Almudena”. Y –ladrillo visto, aire neomudejar “ma non troppo”– me adentro en el Cementerio Civil, año 1884, reinando aún Alfonso XII, no el peor de los Borbones, tal vez escarmentado por las fechorías y malandanzas de Mamá. Y el primer enterramiento, a perpetuidad, el de Maravilla Leal González, veinte años en la hora de su muerte, ni suicida ni protestante, una simple muchachita fulminada por la tuberculosis. Y, ya dentro, nos recibe Dolores Ibarruri “La Pasionaria”, tumba muy digna y austera. Y se me viene a la mente aquella canción de Víctor Manuel: “Sí, veremos a Dolores caminar, las calles de Madrid.” Y la vimos, y la vio el Congreso de los Diputados, junto al gran Rafael Alberti. Y ahora nos quedan sus restos en esta tumba tan sencilla y frugal. Enfrente, tremendo mausoleo que alberga lo que queda de Nicolás Salmerón, tercer presidente de la tan efímera I República Española. Y grabado en su monumento funerario esta frase que tanto me impresiona y me hace aplaudir a tan insigne patricio: “Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte.”
“El sueño de las espigas”: La muerte de una veintena de aquellos jóvenes oblatos de Pozuelo, desarmados, ¿hace falta decirlo?, como la inmensa mayoría de los millares y millares, entre siete y ocho mil religiosos asesinados en la trágica zarracina aquella, tal como leo en uno de mis clásicos, –leo de todo, lo vuelvo a decir–: “Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939”, de Monseñor Montero. Y a propósito de leer, ¡qué mal leído el discurso en el Congreso de Don Manuel Azaña, el 14 de octubre de 1931!».
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 31 de mayo de 2026). Oblatos de Pozuelo. Un buen amigo, Jorge García se llama, residente ahora en la Majada, me pasa un libro del misionero oblato, David López Moreno. Un volumen ciertamente voluminoso que se llama “El sueño de las espigas” (Editrice Missionari OMI). 729 páginas bien interesantes, al menos para un tipo como yo que lee de todo. En este caso la historia en España de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, con especial incidencia en su instalación en Pozuelo de Alarcón, muriendo los años veinte –del siglo pasado, naturalmente– y dando paso su presencia entre nuestros vecinos al posterior martirio de una veintena de ellos, entre Aravaca y Paracuellos, acompañados del sindicalista católico, Cándido Castán, calle en Pozuelo, empleado de Ferrocarriles del Norte, destinado en la estación pozuelera. Como es bien sabido, y en cualquier caso este libro (de ahí gran parte de su interés para los que por aquí vivimos) nos ilustra sobre la importancia de dicha Estación en la vida de Pozuelo, creando dos secciones urbanas bien diferenciadas: Estación y Pueblo. La primera, aparte los chalés u “hoteles” de la colonia, poblada por inmigrantes que venían de Madrid, tan cercano, o trabajadores del ferrocarril. La segunda, como es natural, por los lugareños (ganaderos, pequeños propietarios agrícolas, jornaleros). En la primera, una agrupación llamada “La Liga Obrera”, estando en la segunda, “La Inseparable”, separadas ambas, incluso, a la hora de los jolgorios populares en torno al sorteo de los “quintos”.